Adiós, mi querido Humberto

 

A veces, casi sin darnos cuenta, surge a nuestro alrededor algún maestro, alguien que por razones que desconocemos se abre paso en nuestra vida para cambiarla por completo y agregar elementos sin los cuales, con el paso del tiempo, no nos concebiríamos. Ese es mi caso con Humberto Mata. Cuando lo conocí hace 12 años casi inmediatamente surgió en nosotros el reconocimiento del otro, la evidencia de que nuestro encuentro significaría un cambio profundo en nuestras vidas.  Yo no estoy segura de que yo haya cambiado algo en él, tal vez solo pude ofrecerle un poco de conversación, no obstante, él sí cambió tantas cosas en mí como los caños de su amadísimo Delta.

 

Humberto Mata nació frente al caño Mánamo en Tucupita, en el Delta del Orinoco (como siempre me corregía), en la casa de sus padres un 3 de febrero de 1949, rodeado no sólo por el ambiente inmenso que infunde el Orinoco sino además acompañado de un abuelo mágico: Sampiero;  allí vivió hasta venirse a Caracas empezando la adolescencia. Escritor medido y metódico publicó una serie de libros de cuentos entre los que podemos mencionar: Imágenes y Conductos (1970), Pieles de Leopardo (1978), Luces (1983), Toro-Toro (1991), Boquerón (2002) y Revelaciones a una dama que teje (2007). Obtuvo el Premio Conac de Narrativa en 1978 y en 1992 ganó el Concurso de Cuentos de El Nacional por «Boquerón». En 2003 obtuvo el Premio Municipal de Literatura.  Y no olvidemos Pie de página, esa novela impensable y quirúrgica publicada por Ediciones Troya en 1999.  Su último libro: La mujer emplumada (2016) publicado en Nueva York revela nuestra vida como un viaje del que apenas podemos percatarnos.

No viví su paso por el  Instituto Universitario de Estudios Superiores de Artes Plásticas “Armando Reverón”, salvo porque una vez me dijo que por eso le decían el profe. Con frecuencia en nuestras caminatas nos tropezábamos con algún alumno que lo saludaba cariñosamente y a quién él contestaba con la misma generosidad. En cuanto a su paso por la Biblioteca Ayacucho no me queda ninguna duda de que hizo todo lo posible para salvaguardarla en medio de un ambiente hostil y caníbal.

Una de nuestras tardes peripatéticas por la Galería de Arte Nacional,  ante las “Cafeteras” de Alejandro Otero, me contó lo que había significado para él conocerlo y cómo había influido ese artista en su vida y en su comprensión del arte en general. –No hay como describir “ese algo” que aparece en la obra de arte, puede ser una línea, un color, un adjetivo, la cuestión es cómo incorpora y como se comunica eso con la vida del propio artista.

Filósofo negado a la academia me mostró el valor de mantener a nuestro lado la duda cartesiana. -No des todo como un hecho, tal vez es mejor preguntarse – solía decirme.  Eso nos llevó a pasar días hablando sobre Leibniz, sobre Bergson y tantos otros, releímos a Hegel con la misma pasión que nos hundimos en las letras de Borges y Kafka o en el descubrimiento de los poemas de Carver.

A veces nos odiábamos y discutíamos, mi espíritu pragmático se estrellaba con su alma capaz de comprender, mejor que la mía, la paciencia que implica la resolución de los conflictos humanos. Pero, por encima de las discusiones, siempre había espacio para la música, su amante eterna, para las cantatas de Bach o para alguna opera como Salomé que por casualidad se asomaba y todo entonces giraba alrededor de esos acordes.

La última vez que nos vimos, en enero, fue en el jardín de su casa. Esa vez conversamos muy poco, me pidió que le enviara unos cuentos que recién había escrito a nuestra amiga Lyda Zacklin. Creo que su silencio fue la forma de despedirse de mí. Falleció el 26 de agosto, tenía 68 años.

Sé que estas palabras debían ser un homenaje para él de nuestra fundación, puesto que siempre nos animó a crearla, nos cedió materiales e hizo todo porque pudiéramos mantenerla, incluso facilitó un taller sobre la crítica de arte a partir de la obra de Juan Lovera. Lamento si han resultado otra cosa.

Para los antiguos griegos existían diversos tipos de amor: ágape, strogé, eros,  philia. La philia es el amor que sentimos por los amigos, el que nos mueve a trabajar unidos, es el amor de la creación y como señala  Deleuze “un amigo es alguien con quien anhelamos estar porque con él compartimos nuestra vida”, es aquel que nos crea y a quien, de alguna forma, nosotros creamos; gran parte de lo que soy hoy fue creado por Humberto.

 

María Ramírez Delgado

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María Ramírez Delgado

Licenciada en Filosofía, poeta, autora de Quemaduras (Eclepsidra) y Navajas sobre la mesa (Bid&Co)
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