La libreta de California. Ópera-Bolero

 

Por:   Vince De Benedittis

“El placer que da el amor no vale verdaderamente la felicidad que él destruye.”

(Reynaldo Hahn)

 “Chi a vissuto per amore, per amore si muore.”

(Giacomo Puccini)

 

Los días 29, 30 de septiembre y 1 de octubre se  estrenó “in the pocket” la ópera-bolero La libreta de California en el Teatro “Alberto de Paz y Mateos”. Un recinto teatral que ya cumplió 50 años de trayectoria ininterrumpida, que habiendo sido fundado por los integrantes del Nuevo Grupo, posteriormente fue la casa del Grupo Theja y que –en la actualidad- sirve de sede de la Escuela Nacional de Danza. Así, en el marco de esta celebración, la cartelera cultural marca la pauta para que se contemplara un hit musical ligado al movimiento contemporáneo de la ópera venezolana.

      La libreta de California es una versión de un cuento de José Balza llevado a la ópera a través del libreto de la exquisita Xiomara Moreno –a quien cada vez  le complace más y le “gusta que su obra sea cantada”–, gracias al talento y la inspiración del compositor Gerardo Gerulewicz. Pues, es él poseedor de una músico-génesis iridiscente en la diégesis musical dramática y en los anudamientos nocturnales que son propios del sentimiento del bolero y que exhibe como tributo al género ballet-operático, así como también al propiamente lírico-dramático.

Curioso piano-bar folletinesco cubierto de exótico terciopelo de sentimiento perverso propio de la bolerogafía, o –en todo caso–, ese otro lado del piano, que algunas veces pasa a ser hasta del tipo “confesional” y en el cual asombrosamente se percibe la música cuando suele estar más íntimamente “desnuda”.

Con la ópera-bolero referida, concluye una primera tetralogía musical del autor –de guiños propios del (post)boom urbano latinoamericano– junto a la Obertura “Plaza Venezuela” (Op. 18), Bochinche (Op. 23) y el Concierto Latino (Op. 11). Revisando su catálogo, percibimos que siente la poética inspiración de Federico García Lorca en obras que en los inicios, le sirvieron de “piloto” en su música de tipo vocal. Aunque, La libreta de California (Opus 42) tiene algo que parece dirigirnos hacia los senderos del Eterno Femenino y los claroscuros del alma. Pero –el punto exacto de la mezcla–, es decir: la orientación experta sobre el género del bolero, puede decirse –sin cortapisas– que la obtuvo, gracias al apoyo del guitarrista y compositor Leopoldo Igarza; para que –de acuerdo a sus consejos– tuviese la seguridad de que nada de lo que “suene” en la ópera se vaya a interpretar como copiado del repertorio conocido. Su música –de acuerdo al argumento– se pasea por unas coordenadas que oscilan en unos 30 años (es decir, de la década del 50´s hasta la llegada de los 80´s).

Se abre paso entre las óperas de nuevo talante, no tan “apocalípticas” ni tan “integradas”. En México vemos que este género se pasea por un amplio abanico: óperas de hemoficción, ópera de aventura de jardín, ópera instrumental, videópera y multi-ópera; sin embargo, curiosamente no hay una ópera que se dedique al bolero. En Brasil, el compositor Jorge Antunes compuso Olga –de palpitante mezcla entre samba y crítica social–. En Argentina, Astor Piazzola tiene María de Buenos Aires que entra en un sub-género de “Ópera-Tango” con una búsqueda estética que va por el mismo camino al que ahora se plantea el maestro Gerardo Gerulewicz. A todas luces –en el hilo de la bolerología– es concluyente que el homenaje vaya dirigido hacia el cubano Ernesto Lecuona (1895-1963) como cumbre más representativa de la “Zarzuela Cubana”. En Venezuela, se identifican rápidamente a otros compositores que se han dedicado en época reciente a componer óperas. Sin embargo, el único que pudiera guardar algún tipo de relación con Gerulewicz, sería Federico Ruiz con su éxito Los martirios de Colón porque -en su fresco y colorido espectáculo- tiene mucho de “barullo”, de “guasa”, “rasca-buche” o “radiobemba” que tiñen con sus características a las verbenas criollas (así como –quizás, también- aquellas de las galeras y peñas marineras hispanas).

      En esta versión la Ópera-bolero La libreta de California con un propósito distinto, quiere adentrarse en el despecho del botiquín y el “bombillo-rojo”. Asunto que el profesor Miguel Issa –como director escénico y aliado fundamental en el montaje de la obra– ha captado en la realización teatral y bailable. Cito al profesor Issa: “El escenario del Alberto de Paz y Mateos será acondicionado como un bar, una imagen que se mantendrá fija durante toda la función” (En: AVN, 10/09/2017). He aquí el templo preparado para la versión del cuento del escritor José Balza, como punto de encuentro para los correligionarios y devotos del bolero. A lo cual, agrega Miguel Issa: “No será una propuesta rígida, más bien, jugaremos con otros detalles como la iluminación, por ejemplo” (Ibidem). La iluminación permitirá hilar la historia para que el galán pueda contarla –bajo la luz de neón– o confesarla bajo la “bombilla policial”, echando a andar la rock-ola ambulante de su memoria y en el recinto descrito –el bar, saloon-bar-pub, night-club o cabaret– que permita que los bailarines den rienda suelta al pathos palpitante, guiados por la operografía trazada por el director escénico, quien sigue una experiencia creativa similar y precedente, marcada con su propio musical: Cabaret, reinas de la noche.

En la actualidad, vemos que en Argentina el compositor Carlos Zorzi, en 1993 abordó un Don Juan –no tan mozartiano– con libreto de Javier Collazo (como versión de la obra de Leopoldo Marechal) que es puramente inspirado en el modo de vida de una región costanera de dicho país suramericano. Al otro punto del planeta, en Madrid figura la ópera-rock presentada a finales  del año pasado (2016), con el título Don Juan, un musical a sangre y fuego con música de Antonio Calvo –y al estilo de Jesucristo Superstar. Así pues, se aprecia que puede haber muchos peldaños “musicales” en la variedad en la cartelera del “donjuán”: sea mozartiano, costumbrista o rockero. Para el caso de la ópera-bolero –La libreta de California– una clave en la performatividad de su ingeniosa gestación reposa sobre el narrador-personaje, que siendo el galán de la historia, se luce bajo la apariencia del amplio catálogo de su propia imagen y ofrece algunas pistas, las cuales nos llevarían hacia un recorrido sobre el género más expandido de la música latinoamericana. En paralelo: en el caso del maestro Gerardo Gerulewicz y su “bolerario” (libreta o antología del bolero), habría que señalar como musicografía de esta crónica, las siguientes noticias musicales del año 2007: el término “bolerópera” (bolero-ópera) que aparece en un disco que partió de un exitoso proyecto realizado en México por el tenor César Rodríguez y el bolerista Carlos Cuevas (La Jornada, 9/2/2007); y la recomendación que hizo públicamente a sus colegas el tenor peruano, Juan Diego Florez de que en la ópera vale pensar cuando se canta un bolero (El País, 1/5/2007). El Don Juan (o Galán) parece ser –entonces– el boticario (o barman) que recomienda elegir el frasquito disoluto y perverso del bolero.

Pero, por qué la preferencia por una musiquita “resbalosa” (de acuerdo a la terminología de Salvador Garmendia). Porque –quizás- aquí Gerardo Gerulewicz tuvo el pre-texto que tanto anhelaba para meterse en una especie de “mosaico” de Billo –un tipo de composición típica del emblemático corifeo del baile, Luis María Frómeta Pereira (1915-1988)-. Aunque habría que preguntarle al compositor de la ópera-bolero si esta sería realmente su intención en captar el frenético tarantulismo bailable. Se trata de la parodia pianística como instrumento de socialización, el “tecleteo” humorístico, a lo Tom Waits (“The piano has been drinking”) o del legendario Bola de Nieve (“Vito Manué tu no sabe inglé”), el despecho embebido en La Lupe (“¿Qué te pedí?”), Toña La Negra (“De mujer a mujer”) o Blanca Rosa Gil (“Hambre”), la jarronería china en las coralizaciones del cuarteto Los Ruffino (Mercedes Villaverde, Ignacio Ruffino, Carlos y Julie) o –incluso, de tono ligero- como Henry Mancini (con el “Tema de la Pantera Rosa”) y a través de la cual, Gerulewicz conecta varios diálogos músico-escénicos “dulce y cálidamente” a ritmo de un “swing” de pinceladas californianas. Sin embargo, suena “rapsódico” (mucho del zíngaro a los Brahms y Liszt) y he aquí la tradición de melodista que fue producto de sus estudios en el Conservatorio Tchaikovsky de Moscú. Y muy tropicalizado “in situ” por un “saco de cocos” (como aconsejaba en su época, el gran Heitor Villa-lobos) que trajeron para que en este show, el percusionista Germán Domador pudiera transmitir la idea de hacer con la ópera, un cocktail con los ritmos propuestos. Hasta ahora, algunas pistas para poder identificar la “cornucopia” musical o densa sensibilidad audible del incansable maestro Gerardo Gerulewicz.

       En La libreta de California, se nos presenta “la actualísima mujer del país”, pero no la del promedio, sino aquella que planifica su venganza sobre una chica desconocida –de pueblo– con la cual nunca tuvo comunicación, y a la cual –pasado los años– siente el impulso súbito de liquidar por haberle arrancado a su primer amor. Una mujer inteligentísima, sensual, obsesiva, “enérgica y sinuosa” que se vale de un vanidoso empleado subalterno –que será al final el narrador de esta historia– y especie de playboy inocente (con fama de donjuán) de quien sabe a través de su currículum profesional que proviene del mismo pueblo en donde está la antigua rival, a lo cual, ella en su maquinación perversa pasa a abordarlo y seducirlo, pues parece ser el único al que pudiera sacarle “pistas” y que pudiera guiarle para ubicar el paradero de la mujer a la cual llegará a matar por sí misma.

Ocurrido este feminicidio que la convirtió en una especie de Némesis vengativa, de tez “robusta y morena a pesar de su ancestral y rubia familia” y hecha como de tiza o quizás de arena, para su amante –quien fue incapaz de retener lo que salía de sus labios- ella fue un nudo entre la casualidad y la causalidad. Pone en letras grandes en su testimonio la vez que intentó abordarla y ella –ligera– le decía: “No vale la pena. Y el compromiso es que me digas todo. Continúa”. Pues sabía que su víctima amorosa iba a corresponder en silencio. Aún así, después él se preguntaba o afirmaba: “¿Fui yo la resonancia secreta para revivir su pérdida?” Definitivamente Hilda ha pasado a ser la resonancia femicida y muy distinta al promedio de las féminas que le suministró Rhein en su catálogo “mozartiano” y que palpitaron entre el tánatos, la perversión, el amor y la vanidad. Pues, no sólo surge el drama romántico de quien lo toma de esa forma, sino de alguien quien en su propio género (ser mujer) sintió el llamado de la venganza. La ópera-bolero está dividida como en dos macro-partes: la crónica con el planteamiento policial y el folletín “donjuanesco” que cierra como con una especie de bolero “psiquiátrico” (según el término que refirió en alguna oportunidad Pablo Antillano).

Entre los intérpretes: Melba González (mezzosoprano) una diva habitué (sea gitana, villana, narradora, etc.) dilecta de nuestros compositores venezolanos de ópera, es egresada de la Escuela de Música José Ángel Lamas y estudió con Yasmina Ruiz. Ella nos ofrecerá su arte, para que disfrutemos de “Hilda” en La libreta de California. El sólo currículum de esta artista infunde consideración por su continua preparación, aunque en el día a día suele vérsele entre las partituras un libro de spirituals que siempre incluye en su bolso y que me hizo recordar a la gran Marian Anderson. Su voz provocada de mezzo-tinta (o de ubicuo dolor) me permitió disfrutar de su personaje, es decir de una mujer que guardó el dolor amoroso por mucho tiempo. Realmente hay una notable tradición de este tipo de voz en nuestro país, y me llena de esperanzas escuchar a Melba González, justamente en tiempo en que se le rinde homenaje a Teresa Carreño, quien en alguna oportunidad interpretó a “Zerlina” en el Don Giovanni de Mozart.

Luis Javier Jiménez: pudiera decir felizmente que detrás de un tenor de gran plenitud vocal (que en el registro se pasea por la zona de un barítono), hay una grano de  mezzosoprano, es decir: Melba. Él también es un cantante muy activo, pues, es capaz de llevar en paralelo su carrera artística y su don para promover el arte lírico. En el 2015 participa en un interesante proyecto realizado con la ópera Fausto de Diana Daniele, en su rol protagónico. En general, se ha paseado por reconocidas instituciones corales del país y su formación vocal ha sido guiada por Mariana Ortiz y otros prestigiosos maestros. En La libreta de California es el narrador –al cual hemos aludido– y puede decirse –bien sea por su timbrada voz o por sus coqueteos bailables– que sus cuadros más interesantes de la ópera-bolero serían el 2, 3, 4 y 6. Pero, digamos que en los mismos, la atmosfera está más impregnada de su “donjuanesco” reino. Más en su espíritu, Luis Javier Jiménez siempre es faústico y apolíneo (según la terminología de Oswald Spengler). Signo de la casualidad o causalidad es que cante la ópera en el marco de celebración de los 230 años del Don Giovanni mozartiano estrenado en 1787.

Dorian Lefebre viene ascendiendo –en el medio musical nacional- como la gran diva o cantatricce en el rol de “prima donna” de manera indiscutible. Graduada en la Escuela de Música José Ángel Lamas, formada bajo la guía de las maestras Isabel Palacios, Marina de Pereira y Lucy Ferrero; desde su debut, en el rol principal de L´elisir d´amore de Donizzetti y bajo la batuta del célebre Gustavo Dudamel. Desde entonces, ella siempre está haciendo los papeles principales en: Sor Angélica, Madama Butterfly de Puccini y en Los martirios de Colón de Ruiz. Ella –al igual que Melba– ha estado conectada desde un principio con la obra lírica del maestro Gerulewicz en su alianza con Xiomara Moreno. Así, en La libreta de California va a interpretar varios números sueltos –como por ejemplo, el bolero “Cerraste la puerta”– en su papel de Soprano de la varieté (tiple o vedette) a la altura de cualquiera bolerista cubana que nos podamos imaginar: María de los Ángeles Santana, Esther Borja Lima, Xiomara Alfaro.

Jesús Javier Hernández Belisario tiene un instinto actoral que hace juego con su imprevisible voz de tenor, y que se conecta bien al joven personaje que representa, es decir: en su papel del primer amor que tuvo Hilda. Jesús Hernández tiene un toque latino que aflora perfectamente en el bossa-nova que canta en el cuadro 5 (“Sé que alguna vez, el amor te llegará”). También habría que señalar –como experiencia previa a La libreta de California– su participación actoral en la obra de Carlos Buffil: La vida en un bolero.

De la compañía de baile que también participa en La libreta de California, veremos a 16 artistas en la tarima provenientes del Ballet Teresa Carreño, de Dramaturgia del Movimiento (DRAMO), del Taller de Danzas Sin Fronteras e independientes; sin embargo, me es imposible dejar de mencionar al bailarín Roberth Arámburo que es el co-coreográfo del profesor Miguel Issa, así como a Margarita Morales (pues será la atracción bailable principal, mostrándonos a “Ramonita”), Ronny Izturiz (que es el director del Taller de Danzas Sin Fronteras y en la función hace del policía que pone presa a Hilda) y Ahina Figueroa (que encarnará a “Elena Williams” en cuanto es la chica que será víctima del feminicidio). Algo interesante: estos boleros y bailes que tiene la obra –como en aquellos años- responden a un tipo de romanticismo directamente vinculado a nosotros, pero vertidos tras el marco del Broadway y la magia legendaria de musicales como Chicago (1975) de John Kander con libreto de Bob Fosse y textos de Fred Ebb.

 

       La libreta de California hace un despliegue actoral rodeado de bailes y boleros como repertorio en toda la obra. Es una música que parece como seleccionada en cualquier rock-ola de la época (bachata, cumbia, cha-cha-cha, merengue, merecumbé, tango y bossa-nova) y también cuenta con personalizaciones musicales que son referentes del Museo de la ópera y el ballet (Nélida Narváez, Marlene Braconi, Lucrecia Velázquez, Maeca Lastra y las caracterizaciones del Don Giovanni o catálogo). Hay recursos típicos del teatro musical junto a la danza contemporánea –y buena parte de estos en tono de swing, el cual conecta varios cuadros–; hay presencia del recitativo, hay arias o monólogos musicales; hay duetos, vocalises coralizados, y –por supuesto– los momentos de fricción entre dos atmósferas musicales que parecen envolver la obra (al borde de la petite-histoire que nos sugerirá siempre al Rhein “donjuanesco” y la burbuja que ahoga a la intrépida Hilda). El nombre de “Elena Williams” será como una especie de Leit-motiv que aparecerá en toda la obra, y que en el Cuadro 1 (el “Recuerdo”) se destaca su presencia como mujer omnisciente o ausente, como lo será en toda la pieza. Si abstraemos geométricamente, la estructura de la obra hace una forma como de triángulo con una línea dramática en ascenso (o escalera del donjuán) hasta llegar al punto de máxima tensión dramática en el Cuadro 5 (máximo episodio en la obra del escapismo mozartiano); aquí la música pasa a ser más sobria, si se le compara con el Cuadro 4, en el cual Rhein presenta una especie de suite bailable.

Para concluir, ofrezco este resumen de su “ejercicio narrativo” La libreta de California, escrito especialmente por su autor:

“Formalmente, el cuento es una versión de cierta historia, traducida por alguien. La de R-H Rhein –gerente de 40 años, frívolo e incauto-, que viaja desde T. A. a California donde conoce a una ejecutiva bella, rica y persuasiva: Hilda.

Él ignora que años atrás un chico de su misma ciudad, llamado Ray, estuvo a punto de casarse con ella, pero él prefirió a la novia de su lugar, Elena Williams, y con ésta desapareció.

Hilda ya está casada y con hijos. Al parecer, la llegada de Rhein, el sonido de T. A. y la similitud de nombres de los dos hombres, despiertan y desencadenan su antigua pasión obsesiva por Ray.

Manipula al inocente y vanidoso Rhein, llevándolo a contar su vida amorosa hasta que ella ubica con precisión a Elena Williams.

Lo hace mediante una elaboración singular: en cada sesión sexual entre ellos le pide que cuente sobre todas sus mujeres. Así logrará identificar y ubicar a Elena Williams.

Ella toma nota de muchas cosas en una mínima libreta que será su guía criminal. Para R-H Rhein es una experiencia no conocida y excitante: una mujer única, adicta al conocimiento de las otras en su hombre y que se le entrega mientras oye esas confesiones eróticas. Ignora que él es el instrumento perfecto e inocente para la venganza de Hilda contra su fantasmal enemiga Elena Williams.”

 

Epílogo mozartiano: Gerardo Gerulewicz ha demostrado con la presente ópera-bolero ser un artista integral que ahora –al igual que Reynaldo Hahn hace más de cien años, hacia 1913– insiste en reivindicar al genio salzburgués Wolfgang Amadeus Mozart. Más –con el debut de La libreta de California, podremos apreciar a Gerulewicz en su papel de pianista, y –quizás– recordar al venezolano Reynaldo Hahn en la época de la belle époque –pero sin el cigarrillo–.

 

Referencias biblio-hemerográficas.

 

Miguel Issa le apuesta al género ópera-bolero con “La libreta de California”. En: A.V.N. Caracas, 10 de septiembre, 2017.

“La libreta de California”. En: Épale CCS. Caracas, 12 de septiembre, 2017.

“La libreta de California” se presentará en el Teatro Alberto de Paz y Mateos. En: El Nacional Web. Caracas, 18 de septiembre, 2017.

Tres únicas funciones de la ópera-bolero “La libreta de California”. En: Venezuelasinfónica.com. Caracas, 25 de septiembre, 2017.

 

Véase en Youtube:

Ópera bolero La libreta de California. José Balza, Xiomara Moreno, Gerardo Gerulewicz, Miguel Issa.

 

 

.