Mi regreso a Cuba

    Fui por primera vez a Cuba hace unos 15 años para asistir a un congreso mientras estudiaba en la Universidad. Si bien nunca he comulgado con las doctrinas socialista ni comunista, luego de haber estudiado por cuatro años en la Universidad Central de Venezuela, sentía una gran curiosidad por conocer el país modelo de la “revolución bolivariana” (así, con minúscula) y saber qué hacía que el 90% de mis compañeros y profesores me miraran con desprecio cuando les decía que yo ni había votado ni tenía intención de jamás votar por tal sistema. En el avión de ida hacia La Habana, una pasajera cubana me dijo: “detalla muy bien lo que estás a punto de ver, porque ustedes (los venezolanos) van por el mismo camino”. Y, sí, esa era mi intención. Lo primero que captó mi atención es el hecho de que en Cuba había dos monedas: el peso cubano (CUP), para los ciudadanos cubanos y el peso convertible (CUC), que usan los extranjeros y cuyo valor, en ese momento, equiparaba al del dólar. No cabía en mí la idea de que en el hotel podía yo pagar de manera indistinta con dólares o pesos convertibles y que el vuelto podían dármelo de igual manera. ¿No es hipócrita, pensaba yo, que en Cuba la moneda del Imperio contra el que luchan con tanto ahínco sea de curso legal, al menos para los extranjeros? Primera pregunta sin respuesta. Al salir a la calle, resultó evidente que para el socialismo cubano todos eran iguales, exceptuando el cubano de a pie que, por ejemplo, tenía que hacer una cola de casi dos horas para comer un helado en Coppelia, mientras que nosotros, como turistas, podíamos comprarlo de manera inmediata. Nuestros compañeros de congreso tampoco podían acompañarnos a comer o a tomar un trago en los sitios designados para turistas y el conductor del carro que nos llevó a un paseo de un día a Varadero, tuvo que esperarnos fuera de la playa por horas, a pesar de que lo invitamos a compartir con nosotros, porque la playa estaba prohibida para los cubanos. En esos momentos, volvía yo a preguntarme si la base del socialismo no está en la igualdad y si mis amigos estaban viendo lo mismo que yo, o era que yo estaba perdiendo la razón. El penúltimo día fuimos a comprar souvenirs y varias personas nos abordaron, preguntándonos en qué hotel nos estábamos quedando para ir el día que nos regresábamos a Venezuela para buscar alguna ropa o, incluso, los jabones y el papel de baño del hotel. Fue tanto el impacto que causó esto en mí que regresé a Caracas con mi maleta vacía (exceptuando las estatuillas que había comprado el día anterior) y más segura que nunca que el socialismo no era la respuesta a cualquiera que fuera la pregunta.

   Quince años han pasado y tengo la oportunidad de volver a La Habana, esta vez por trabajo. Han pasado algunos meses desde la reapertura de la embajada americana en La Habana y de la muerte de Fidel Castro, por lo que tengo una curiosidad inmensa de ver qué cambios ha experimentado la isla. Muchas personas me dijeron “seguramente todo sigue igual; no te hagas ilusiones”. Lo primero que veo al llegar al Aeropuerto José Martí es una valla que dice “Samsung te da la bienvenida a La Habana”. Es evidente que no todo sigue igual. La primera noche quiero comprar un sandwich en un kiosko frente al hotel y le pregunto al vigilante qué tan seguro es cruzar la calle a las ocho de la noche. Me mira como si no entendiera y le vuelvo a preguntar si para mí, una mujer sola, es seguro cruzar esa calle, comprar un sandwich y regresar inmediatamente el hotel; “¿y por qué no va a ser seguro?”, es su respuesta horrorizada. “Es que usted no sabe de dónde vengo yo”, le agradezco y, mientras cruzo la calle, pienso en lo normal que es esto y en lo imposible que es hacerlo en Caracas. El contraste entre vivir en la ciudad más peligrosa del mundo y visitar una de las más seguras se ve de manera inmediata, y duele. A lo largo del mes que paso allá, es indiscutible que la seguridad no es una sensación debida a que estoy en la mejor zona de la ciudad: a lo largo de los siete kilómetros del malecón, el “sofá más grande de La Habana”, se reúne gente a conversar a todas horas del día y de la noche; una noche, mi esposo (que fue a visitarme unos días) y yo nos perdimos, llegando por equivocación a un barrio muy humilde; nos sorprendió, no solo que todas las casas estuvieran con las puertas abiertas, sino que ni una sola persona demostró el más mínimo interés por nosotros ni por nuestros celulares ni cámaras.

   Una de mis curiosidades era el tema de la moneda: ciertamente, sigue habiendo dos, pero ahora el CUC no es equivalente al dólar, sino más fuerte, y el dólar no es aceptado en todas partes, aunque si puede cambiarse con mucha facilidad. El cubano sigue cobrando, y pagando, todo en CUP (cada CUP es equivalente a 25 CUC). Me entero que un sueldo promedio es de 250 CUP (unos 9, 10 dólares), pero que, en el sector turismo, las generosas propinas pueden hasta triplicar este sueldo mensual en solo un día, por lo que muchos profesionales de otras áreas han migrado a trabajar en líneas aéreas, restaurantes, hoteles y taxis. La Habana no es una ciudad barata para visitar, pero hordas de curiosos extranjeros caminan por las calles de la Vieja Habana buscando tomar un mojito en la Bodeguita del Medio, ver sus impresionantes edificios construidos con piedras marinas y los carros antiguos y dispuestos a pagar por vivir la “verdadera experiencia cubana”. Me sorprende gratamente la proliferación de paladares, restaurantes establecidos en casas de familia y regidos por éstas, de muy alta categoría. En mi primera visita fui solamente a uno, ubicado en la sala de una casa de familia (y con una comida exquisita) y ahora pareciera haber uno en cada esquina. Lamentablemente, parecieran hacer más énfasis en la decoración y en el ambiente que en presentar una comida auténtica, pero mientras lleguen los turistas seguirá siendo un negocio rentable. Evidentemente, el gobierno regula buena parte de la actividad de estos paladares y los impuestos que deben pagar los dueños son muy altos; pero el éxito, muchas veces es imposible lograr una reserva si no la hace con semanas de anticipación, compensa.

      En una de mis caminatas dominicales paso por un supermercado y es imposible no entrar. Si bien está ubicado en la zona de las embajadas, hay unos cuantos cubanos comprando. Noto que hay unas quince variedades de shampoo, aceite, harina, azúcar, leche y que en la pequeña farmacia del supermercado puedo comprar el medicamento para mi mamá que ha sido imposible conseguir en Caracas en el último año. Eso sí, todo a unos precios escandalosos: el de un shampoo, por ejemplo, supera el sueldo promedio mensual de un cubano. No me sorprende que, en varias conversaciones, nos mencionen al “bloqueo económico” como el único culpable del sobreprecio de algunos productos y de la escasez de otros.

El último día, mis compañeros y yo invitamos a nuestros compañeros cubanos a tomar algo y les pedimos que ellos elijan el lugar. Al salir de la oficina, queremos tomar un taxi, pero los conductores desean cobrarnos en CUC, porque es evidente que “ella” (es decir, yo) “no es cubana” (la verdad que no tengo manera de pasar por una local).  Decidimos tomar un “almendrón”, un taxi por puesto. Llegamos al lugar, un café hermosamente decorado con antigüedades, y noto que hay tanto cubanos como extranjeros. De nuevo, resulta que el precio para cubanos es distinto que el de extranjeros, por lo que nuestros compañeros insisten en pagar.

Llega el día de la partida y me es imposible no llorar en el avión. Me pregunto por qué en Venezuela, si el socialismo cubano ha sido el “ejemplo de nuestra revolución” no podemos tener, al menos, seguridad; por qué ellos avanzan y nosotros cada vez retrocedemos más y, sobre todo, por qué todo ese dinero que se regaló a Cuba no se quedó en Venezuela y se utilizó para tantísimas cosas que llevaría otro post enumerar. Ahora la historia sería otra.