Tolerancia en tiempos de guerra

Hace unos días tuve la oportunidad de presenciar un espectáculo lamentable en uno de mis grupos de Whatsapp: una de mis compañeras del bachillerato, que no está en el grupo, publicó en sus redes sociales una foto celebrando el día de la madre con su hijo y los insultos, de una categoría que no puedo reproducir en este espacio, no se hicieron esperar. Inclusive, la etiquetaron en Facebook en un video (grabado por una tercera persona insultando a una conocida que hizo similar) para que todos sus contactos lo vieran. Por si fuera poco, criticaron que la compañera en cuestión publicara en las redes que esperaba que la situación mejorara pronto porque “tenía que trabajar” “¿Cómo es posible que ella pretenda trabajar?” dijeron indignadas aquellas personas que, supongo, tienen todas sus necesidades cubiertas y ahorros infinitos. La discusión duró todo el día, a medida que las compañeras de otros husos horarios se iban integrando, y permeó a todas las redes sociales.

Poco importó que una de nosotras recordara que el hijo de esta compañera tiene Trastorno del Espectro Autista y que cada pequeño paso que otras madres dan por sentado con sus hijos es un gran logro. “El autismo no tiene nada que ver”, dijo indignada una de las líderes del linchamiento. Otra se atrevió a decir que el problema no era lo que hiciera, sino que lo publicara en las redes sociales. Admito que presencié horrorizada toda la conversación, preguntándome cómo y por qué un grupo de mujeres casi cuarentonas, educadas en un colegio católico y con una infinidad de títulos universitarios se comporta de semejante manera.

No quiero minimizar de ninguna manera la gravedad de la situación que estamos viviendo que, para mí, ya es una guerra civil. Cuando ya creo que mi corazón no se puede partir en más pedazos, llega la noticia de otro joven asesinado en manos de aquéllos que deberían protegernos. Cuando pienso que ha sido un día “tranquilo”, me llaman mis padres para decirme que tienen a un muchacho de la “Resistencia” en su techo huyendo de la persecución de la Guardia Nacional y que están aterrados porque piensan que van a bombardearlos como hace tres años durante las guarimbas. Me llegan noticias de una compañera que no ha podido ir a trabajar desde hace una semana porque la Guardia Nacional no permite que salga de su edificio, a pesar de que su madre se está asfixiando con las bombas lacrimógenas. Y así podría seguir por páginas y páginas.

¿Todo este dolor significa que debo criticar a una compañera que celebra el logro de su hijo? ¿Le duele acaso la situación más a alguien que publica corazones tricolores en lugar de fotos de sus hijos? ¿Qué me da derecho a criticar la manera en la que alguien lidia con esta realidad? ¿Hay un Manual de Carreño sobre la etiqueta en tiempos de guerra civil? ¿Es aceptable ir a una celebración, mientras que no lo publiques? y, por el contrario, ¿es inútil tu contribución si no haces alarde de ella en tus redes? La discusión está abierta.

 

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Antropóloga, especializada en Recursos Humanos.
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